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viernes, 14 de marzo de 2014

En pro de la psicoterapia


Tal y como resumía en entradas anteriores de NotaMental (http://goo.gl/koyyYt), la investigación científica rigurosa ha demostrado sobradamente después de décadas de producir cuantiosa evidencia que:

  • los tratamientos psicológicos son eficaces (tanto o más que los farmacológicos);
  • su eficacia no responde a efectos placebo;
  • sus efectos positivos son relativamente rápidos y se mantienen en el tiempo una vez acabado el tratamiento;
  • su eficacia redunda en un beneficio económico general y para el sistema sanitario en particular;
  • todo lo anterior no es producto de estudios llevados a cabo en condiciones artificiosas, sino que tales resultados se mantienen e incluso se refuerzan en estudios realizados en situaciones de práctica clínica “de primera línea”. 

Respecto a este último punto, una de las críticas tradicionales a los estudios de eficacia de los tratamientos psicológicos ha sido que se llevan a cabo en condiciones ideales imposibles de replicar en la práctica clínica real: pacientes con formas “puras” de trastornos rigurosamente diagnosticados y seleccionados en función de dicho diagnóstico, tratamientos manualizados estrictamente llevados a cabo por terapeutas formados específicamente en tales manuales... 

Sin embargo, los resultados de investigación sobre los tratamientos psicológicos en entornos de práctica clínica real demuestran una vez más su eficacia, e incluso con mayor contundencia. Parece que parte del problema de que en ocasiones tales tratamientos hayan parecido no funcionar en contextos reales es, sencillamente, que se aplicaban mal—es decir, durante menos tiempo del requerido, en condiciones inadecuadas o por parte de terapeutas sin la necesaria formación. 

Por ejemplo, el sofisticado y riguroso estudio Treatment of Depression Collaborative Research Program (TDCRP) liderado por Irene Elkin y sus colegas del National Institute of Mental Health de Estados Unidos en los años 80 comparaba dos formas de psicoterapia y una de medicación antidepresiva en el tratamiento de la depresión grave y en condiciones de máximo rigor empírico. Las dos psicoterapias comparadas eran la terapia cognitiva y la terapia interpersonal.

El estudio demostró, mediante un ANOVA de medidas repetidas de los datos de la mejora sintomática en las cuatro condiciones del estudio (terapia cognitiva, terapia interpersonal, medicación y placebo), entre otras muchas cosas, que los tratamientos psicológicos eran eficaces en un nivel comparable al de la medicación. (Véase un resumen en http://goo.gl/sNVF5j).

La revisión de la evidencia de eficacia acumulada llevó a la APA a emitir su dictamen en Agosto de 2012 declarando formalmente que “como práctica de curación y servicio profesional, la psicoterapia es eficaz y muy rentable. En ensayos clínicos controlados y en la práctica clínica los resultados de la psicoterapia superan notablemente a los experimentados por las personas que necesitan servicios de salud mental pero no reciben psicoterapia. En consecuencia, la psicoterapia debe ser incluida en el sistema de salud como una práctica basada en la evidencia disponible.” 

Desde entonces disponemos de aún más evidencias interesantes. Entre muchas otras, y para no extender demasiado esta entrada, a la vez que se demuestra la eficacia de nuevas formas de psicoterapia se comprueba cada vez más que las intervenciones exclusivamente farmacológicas conllevan inconvenientes significativos.

Por ejemplo, investigaciones recientes (véase http://goo.gl/hJ3kGz) demuestran que los efectos secundarios de la medicación antidepresiva reportados por los pacientes son mayores de lo que se suele reconocer: en una muestra de más de 1.800 personas medicadas el 62% informó de disfunción sexual, el 60% se quejó de sentirse emocionalmente embotado, un 41% dijo que se sentían menos positivos y un 39% dijeron haber tenido pensamientos suicidas. De forma preocupante, un tercio de los encuestados dijeron que no habían sido advertidos acerca de los posibles efectos emocionales o interpersonales adversos de la medicación.

Sin embargo, y al mismo tiempo, la evidencia clínica favorable a la eficacia de formatos de psicoterapia tales como la MBCT (Mindfulness Based Cognitive Therapy) en la prevención de la depresión, el estrés y la ansiedad es cada vez más sólida. Jacob Piet y Esben Hougaard de la Universidad de Aarhus en Dinamarca han publicado recientemente una revisión del programa de MBCT de ocho semanas en Clinical Psychology Review (http://goo.gl/pELI2T). Después de analizar seis ensayos clínicos que incluyeron 593 personas, llegan a la conclusión de que la MBCT redujo el riesgo de recaída en los pacientes con al menos tres incidentes previos de depresión en un 43% en comparación con las personas que recibieron el tratamiento habitual. 

Otra revisión aún más reciente de la investigación sobre este tema, publicada también en Clinical Psychology Review por investigadores de la Universidad de Montreal examina 209 estudios que incluyen 12.145 personas (http://goo.gl/l5fcDd). Los autores demuestran de que la MBCT es un tratamiento eficaz para una variedad de problemas psicológicos, y "especialmente eficaz para reducir la ansiedad, la depresión y el estrés". Otros estudios han demostrado que es eficaz para la prevención de los trastornos de ansiedad y del estado de ánimo y puede serlo para otras condiciones psiquiátricas, entre ellas el trastorno bipolar.

Es más, parece haber pruebas de cuáles son los mecanismos y procesos neuronales mediante los que operan las técnicas de este tipo. En concreto, estudios mediante neuroimagen funcional y estructural han aportado evidencia de varios componentes a través de los cuales ejercen sus efectos: (a) la regulación de la atención, (b) el conocimiento del cuerpo, (c) la regulación emocional (incluyendo la reevaluación y la exposición, la extinción y la reconsolidación), y (d) el cambio de perspectiva en el self. Los estudios a los que me refería sugieren que la práctica de la atención plena se asocia con cambios de plasticidad en diferentes áreas específicas del cerebro conduciendo al establecimiento de un proceso de mejora de la autorregulación (http://goo.gl/hMoRkA).

Volviendo a la terapia cognitiva, y como extensión de su eficacia más que demostrada en el tratamiento de la depresión, un estudio muy reciente publicado en The Lancet demuestra que reduce significativamente los síntomas psiquiátricos en personas con trastornos del espectro esquizofrénico que han optado por no tomar fármacos antipsicóticos y parece ser una alternativa segura y aceptable (http://goo.gl/pO9bqc).

De hecho, más allá de la depresión o la esquizofrenia, los estudios demostrando la eficacia de las diferentes modalidades de psicoterapia se cuentan por centenares y abarcan la mayoría de problemas psicológicos: sólo desde el último año 2013 se han publicado más de 500 artículos académicos sobre el tema.

Todo lo anterior demuestra fehacientemente las limitaciones de la adopción de un modelo exclusivamente biomédico en el abordaje del malestar psicológico. Dicho modelo, como comenta Brett J. Deacon en su reciente artículo publicado en Clinical Psychology Review y sintetizado en el boletín online del Consejo General de la Psicología de España (http://goo.gl/fRj7Oj) “considera que los trastornos mentales son enfermedades cerebrales causadas por un desequilibrio de neurotransmisores, anormalidades genéticas y defectos en la estructura y funciones del cerebro, que se pueden corregir mediante psicofármacos específicos”. Sin embargo, y también según este autor, los resultados de la investigación desde esta perspectiva hasta ahora se traducen en “un fallo en la identificación de las bases biológicas de los trastornos mentales, en la promoción de desequilibrios bioquímicos infundados, en su fracaso para reducir el estigma, en la falta de innovación y en pobres resultados a largo plazo de los tratamientos farmacológicos, unido a un incremento en la cronicidad y severidad de los trastornos mentales”.

A la vez, la evidencia a favor de tratamientos psicoterapéuticos no farmacológicos con una sólida base empírica y conceptual, breves y focales, económicos y clínicamente viables es cada vez mayor, hasta el punto de llevar a las declaraciones de consenso que ya he comentado en esta entrada y otras anteriores.

En este sentido, y tal como afirmaba recientemente Brandon A. Gaudiano en el New York Times (http://goo.gl/AWT48S) “para los pacientes con los trastornos más comunes, como la depresión y la ansiedad, las psicoterapias con apoyo empírico, es decir, aquellas que han mostrado ser seguras y eficaces en ensayos controlados aleatorios, son de hecho los mejores tratamientos de primera elección. Los medicamentos, debido a sus posibles efectos secundarios, deben considerarse en la mayoría de los casos sólo si la terapia no funciona bien o si el paciente no está dispuesto a intentarla”.

“Está claro que hay toda una serie de terapias que tienen un fuerte apoyo empírico, incluyendo la cognitivo-conductual, basada en mindfulness, interpersonal, familiar y terapias psicodinámicas incluso breves (por ejemplo, de 20 sesiones). A corto plazo, estas terapias son tan eficaces como los medicamentos para reducir los síntomas de la depresión clínica o trastornos de ansiedad. También pueden producir mejores resultados a largo plazo para los pacientes y sus familiares, mejorando el funcionamiento en contextos sociales y laborales y evitando la recaída más que los medicamentos”.

Probablemente todo esto y más factores aún (por ejemplo socioeconómicos) sea lo que está llevando a la situación de que, cuando se consulta a los pacientes, haya un gran porcentaje que muestren una clara preferencia por los tratamientos psicológicos en lugar de los puramente farmacológicos incluso en entornos estrictamente médicos/hospitalarios.

Sin embargo, y pradójicamente, esta preferencia no se traduce en un aumento de la demanda ni de la provisión de servicios psicoterapéuticos dado que una buena parte del público (incluyendo médicos, aseguradoras, derivantes e incluso muchos terapeutas) no está informado de lo que he comentado hasta este punto.

Esa desinformación hace que algunos potenciales usuarios de la psicoterapia (o derivantes) tengan una imagen falsa y desfasada de la terapia. Algunos de los mitos más frecuentes sobre la psicoterapia son los siguientes:

  • La psicoterapia es para gente que está muy grave.
    • FALSO: La psicoterapia ha demostrado ser útil para ayudar a las personas, parejas y familias a superar situaciones que les preocupan y que afectan negativamente a su calidad de vida. Algunas de estas situaciones pueden ser producto de trastornos mentales graves, pero otras no. Por ejemplo la psicoterapia se ha demostrado eficaz en tratar problemas de autoestima, dificultades en las relaciones interpersonales, adaptación a cambios en la vida… y múltiples condiciones que no se consideran problemas graves.
  • La psicoterapia no sirve para nada porque la gente en realidad no cambia nunca.
    • FALSO: La capacidad de cambio humano es sorprendente. Las personas somos capaces de adaptarnos y salir adelante en situaciones enormemente difíciles gracias a nuestra capacidad de resiliencia y superación. La psicoterapia moviliza esas capacidades en beneficio de los clientes.
  • La psicoterapia es un último recurso para cuando no se puede más, hay que intentarlo todo antes.
    • FALSO: Nuestra cultura valora la autosuficiencia y el no pedir ayuda como si fuese un signo de fortaleza, pero en realidad más bien lo es de falta de conciencia de los problemas. Nadie está obligado a enfrentarse a todo lo que le suceda sin pedir ayuda precisamente porque para eso están los recursos profesionales que nuestra sociedad pone a disposición.
  • Ir a psicoterapia te hace depender del terapeuta, que te dice qué hacer o pensar en cada momento.
    • FALSO: Ninguna forma de psicoterapia pretende usurpar las capacidades de autogestión del cliente. Más bien a la inversa, todas ellas reconocen (cada una con su estilo) que la terapia no se diseña para cambiar al cliente, sino para ayudarle a que se cambie a sí mismo.
  • Ir al psicoterapeuta implica explicar intimidades a un/a extraño/a.
    • FALSO: Si bien la terapia implica con mucha probabilidad centrar las sesiones en dialogar sobre el motivo de demanda con un grado significativo de apertura y confianza en el terapeuta, esa confianza hace precisamente que la vivencia de los clientes no sea la de explicar cosas privadas a un extraño. El terapeuta se guía por un código ético que le impide revelar cualquier aspecto privado de sus clientes. Es más, los terapeutas están formados para centrarse en entender la perspectiva subjetiva del cliente sin juzgarla ni hacerle sentir incómodo al respecto.
  • La psicoterapia es una solución de segunda en comparación con los fármacos.
    • FALSO: En muchas condiciones de relevancia clínica la psicoterapia ha demostrado ser más eficaz que los fármacos y además sin efectos secundarios. Dado que se basa en procesos psicológicos de aprendizaje significativo, sus beneficios se extienden más allá del final del tratamiento, cosa que no siempre sucede con un fármaco. En muchos casos la psicoterapia debería considerarse la primera opción, y sólo recurrir a los fármacos si no se responde bien a ella.
  • Debería poder cambiar yo sólo o con ayuda de mis amigos y familia.
    • FALSO: Determinadas situaciones en la vida hacen imposible que el cambio se produzca espontáneamente o gracias a la ayuda de amigos o familia precisamente porque ellos son parte de la situación que rodea al problema. En tales casos, la ayuda de un profesional externo al sistema puede ser la mejor alternativa.
  • Ir a psicoterapia te obliga siempre a sufrir, llorar, revisar traumas del pasado…
    • FALSO: Si bien los cambios en psicoterapia tienen que ver con la movilización de emociones profundas y eso puede resultar doloroso a veces, no siempre ni invariablemente es así. Hay muchas fases del proceso terapéutico que implican precisamente lo opuesto: la ilusión por nuevos proyectos, la alegría de ver cómo el cambio se consolida, la sensación profunda de conexión al sentirse comprendido por el terapeuta… En todo caso, si se produce la movilización de emociones profundas y dolorosas es siempre en el contexto de una relación segura y protectora, lo cual es muy diferente a como se producen en ocasiones en la vida fuera de la terapia.
  • La psicoterapia es muy larga e incluso inacabable.
    • FALSO: La mayor parte del cambio terapéutico se produce en las primeras sesiones. Hay terapias breves y focales que no pasan de una decena de sesiones. Algunas terapias se sitúan alrededor de las 20. La evidencia empírica más bien demuestra que alargar la terapia no siempre consigue alcanzar objetivos más profundos sino que en algunos casos puede ser indicio de dificultades del cliente. Con todo, la duración de la terapia depende en gran medida de las características del cliente, del motivo de demana y de la orientación teórica del terapeuta, pero no es cierto ni mucho menos que todas las terapias comporten un proceso muy largo.

NOTA MENTAL: Sabemos que la convicción del terapeuta en la eficacia y utilidad de la terapia es uno de los factores que contribuye a fomentar el cambio terapéutico. También lo es el acogerse a modelos de terapia coherentes, fiables y que aporten estructura y foco a nuestras intervenciones. En esta entrada he intentado dar argumentos y motivos para fomentar esa convicción entre terapeutas y clientes a la vez.


viernes, 28 de octubre de 2011

Mil maneras de cómo no hacer una bombilla

El aprendizaje a través de la experiencia de los errores ha sido reconocido por todas las tradiciones psicológicas de una u otra forma. En el caso del constructivismo, y particularmente de la Psicología de los Constructos Personales (PCP), ese reconocimiento se expresa en la noción de "revisión constructiva del sistema" que sigue a una invalidación. En términos coloquiales; después de un error tenemos que reflexionar y aprender de él.

Estos conceptos han recibido recientemente apoyo empírico desde el ámbito de la neuropsicología. El equipo de Jason Moser de la Michigan State University publicará en breve un estudio en el que mediante técnicas de neuroimagen han podido identificar dos fases secuenciales en la respuesta a un error.

La primera, la de negatividad relacionada con el error (error-related negativity; ERN) aparece unos 50 milisegundos después de cometer un error e implica zonas cerebrales encargadas de la monitorización de la conducta, la anticipación de las recompensas y la regulación de la atención. Se trata de una reacción involuntaria; nuestra respuesta inevitable a una equivocación y equiparable al concepto de invalidación de la PCP.

La segunda es la de positividad del error (error positivity; Pe), se inicia al cabo de entre 100 y 150 milisegundos de haberlo cometido y está asociada sobre todo con la toma de conciencia; se trata de nuestra reacción tras la decepción y contrariedad inicial, cuando nos centramos en entender por qué y en qué nos hemos equivocado. Sería equiparable a la fase de revisión constructiva de la PCP.

Hay mucha evidencia de que aprendemos más y mejor cuanto mayor es la intensidad de ambas fases: es decir cuando nuestros errores realmente nos incomodan y nos hacen reaccionar (fase ERN), pero a la vez nos centramos casi inmediatamente en aprender de ellos (fase Pe).

En su nuevo estudio, Moser y sus colaboradores se han centrado en un giro realmente interesante a esta cuestión: ¿cómo afectan nuestras creencias sobre el aprendizaje (teorías implícitas, constructos personales) al funcionamiento de este proceso? Han analizado los efectos de dos de esas teorías implícitas (una dicotomía propuesta originalmente por Carol Dweck). Una de ellas es la de quienes mantienen una visión fija, es decir están de acuerdo con afirmaciones tales como que uno tiene un nivel determinado de inteligencia y eso no varía. La otra es la contraria; la de quienes tienen una visión de crecimiento y estarían de acuerdo más bien con la idea de que uno puede mejorar en prácticamente todo con esfuerzo y dedicación.

Los resultados del estudio de Moser et al. son sumamente llamativos: ante una tarea en la que la fatiga y el aburrimiento hacía que las equivocaciones fuesen frecuentes, los participantes con una visión fija aprendían sistemáticamente menos de sus errores que aquellos con una visión de crecimiento. ¿La explicación? los que tenían una visión de crecimiento mostraban una intensidad de respuesta en la fase Pe hasta tres veces mayor que los otros. Tiene lógica… si creo que mis capacidades son las que son y no van a cambiar como producto del esfuerzo, ¿para qué molestarme en prestar atención a los motivos de mis errores?

Por otra parte, las investigaciones del equipo de Carol Dweck en su momento demostraron algo también sumamente interesante: felicitar a los niños por su inteligencia (en lugar de por su esfuerzo) ante un éxito hacía que asumiesen menos riesgos de cometer errores en el futuro, lo cual derivaba en menos aprendizaje futuro. Parecía que el temor a invalidar su concepto de sí mismos como inteligentes acabase por inhibir su capacidad de aprender. En cambio aquellos que veían su éxito como producto de su esfuerzo estaban mucho más motivados a emprender tareas de mayor envergadura dado que no sentían que estuviese en juego su construcción de sí mismos como inteligentes. Si se equivocaban no perdían nada, pues se les había hecho entender que su éxito residía en aprender de los errores.

Las implicaciones para la psicoterapia son fascinantes. Os dejo algunas:


  • Invalidación y reconstrucción son dos fases de un mismo proceso de crecimiento y desarrollo. Sin error no hay aprendizaje. Como se afirma desde el zen: todo lo que me ha pasado era necesario para llegar donde estoy. Esta conciencia, asumida del todo, podría transformar la vivencia de sus problemas de una buena parte de nuestros clientes.
  • La posibilidad de reconstrucción tras la invalidación depende de mantener la atención centrada en aprender del error. Esa atención no tiene nada que ver con recrearse en la autocompasión por el fracaso, pero tampoco con el escapismo de negarlo como si no hubiese tenido lugar.
  • Nuestras creencias afectan muy directamente a nuestras capacidades y potencialidades: algunas las multiplican y otras las anulan. Creer que uno no puede cambiar dificulta el cambio; creer que sí lo hace más viable. No hay pensamiento mágico en esto, en todo caso profecía de autocumplimiento: el apego a nuestras creencias hace que no nos arriesguemos voluntariamente a invalidarlas. En palabras de William Faulkner, "entre la pena y la nada me quedo con la pena".
  • Reconocer el papel protagonista de nuestros clientes en su proceso de cambio no sólo es hacer honor a la verdad (como demuestran décadas de investigación sobre factores que explican el cambio terapéutico) sino que puede tener un efecto terapéutico y de fomento del cambio en sí mismo. 


NOTA MENTAL: Mantengamos la actitud de Edison cuando dijo "No me equivoqué mil veces para hacer una bombilla, descubrí mil maneras de cómo no hacer una bombilla"… y cultivémosla en nuestros clientes.

jueves, 27 de octubre de 2011

Sólo el cambio es permanente

Un estudio del grupo de investigación liderado por Cathy Price (del Wellcome Trust Centre for Neuroimaging en el University College London) y publicado en Nature demuestra que se pueden dar cambios en el coeficiente intelectual durante la adolescencia de mucha mayor escala de lo que se creía.

El estudio siguió a 19 chicos y 14 chicas evaluados a los 14 y a los 18 años mediante una combinación de técnicas de neuroimagen y de tests de inteligencia verbal y no verbal.

Los resultados mostraron cambios en el CI verbal del 39% de los participantes y en el espacial del 21%, pero lo interesante es que permitió correlacionar los cambios medidos con pruebas psicométricas con modificaciones en dos áreas cerebrales concretas. El incremento del CI verbal se correspondía a un incremento de la densidad de parte del córtex motor izquierdo; una región activada durante el habla. El incremento del CI correlacionaba con el aumento de densidad del cerebelo anterior en un área asociada al movimiento de la mano.

Se trata de una nueva demostración de la plasticidad neuronal humana: confirma la posibilidad real de incrementar el rendimiento intelectual durante el desarrollo (cuestionando lo que se ha llamado el fatalismo neuronal), aunque también demuestra que se puede dar el caso contrario y que no está garantizado que un CI elevado en la infancia se mantenga toda la vida sin necesidad de ejercitar las funciones que lo incrementan y consolidan.

Si bien la investigación no profundiza en las causas del aumento del CI, es curiosa la explicación que han dado algunos de sus participantes: uno de los casos más llamativos es el de un participante que pasó de un CI medio a los 14 años a uno de los más elevados de la muestra a los 18. De hecho, de niño necesitó clases de refuerzo de matemáticas y a los 23 años está haciendo un doctorado en ingeniería informática. Según él: "el cambio fue cuando empecé a estudiar asignaturas que realmente me interesaban, en las que me sentía implicado, entonces las empecé a encontrar más fáciles y más interesantes".

Por tanto, parece demostrarse con técnicas sofisticadas y convincentes lo que en psicoterapia comprobamos cotidianamente: se puede cambiar incluso lo que se ha considerado tradicionalmente un rasgo fijo si se dan las condiciones óptimas de motivación e implicación activa. La conexión que el estudio establece entre lenguaje, motivación y cambio resuena con argumentos constructivistas como la afirmación de George Kelly de que los únicos rasgos fijos son aquellos que uno considera que son fijos.

Es más, estudios como este confirman la evidencia casuística de tantas vidas de futuros genios que no destacaban especialmente (o incluso fracasaban) en su etapa escolar durante la infancia… aquí tenéis una lista de algunos de los más conocidos: Henry Ford, Walt Disney, Albert Einstein, Charles Darwin, Isaac Newton, Thomas Edison, Steve Jobs, Winston Churchill, Abraham Lincoln, Vincent Van Gogh, Wolfgang Amadeus Mozart, Igor Stravinsky y Ludwig van Beethoven. Afortunadamente no escucharon a todos los que les dijeron que no podrían nunca llegar a nada importante en la vida. ¿Os imagináis por un momento que borramos del inventario de producciones humanas todo lo que ellos nos han legado?


NOTA MENTAL: Creed en las posibilidades de cambio de vuestros clientes y orientad la terapia a que tengan una oportunidad de demostrárselas a sí mismos.


lunes, 4 de julio de 2011

Investigación y práctica (y 3)--Futuro: Integración es la palabra.


Y no es que lo diga yo… sino que así lo afirma Charles J. Gelso en el artículo en que identifica las seis tendencias que han ido emergiendo en la psicoterapia contemporánea en la última década. Lo cierto es que tratándose de quien ha dirigido Psychotherapy (la revista oficial de psicoterapia de la APA) en los últimos siete años está claro que su opinión está más que bien informada.

Estas son esas tendencias:

(a) La creciente integración de técnicas y relación terapéutica. Con ello Gelso se refiere a la progresiva confluencia de lo que hasta hace poco aún eran dos movimientos en conflicto. Por una parte el movimiento de los Tratamientos Empíricamente Validados con su insistencia en tratamientos manualizados y aplicados rígidamente a pacientes estrictamente diagnosticados y distribuidos en grupos homogéneos--movimiento normalmente asociado a la terapia cognitivo-conductual. Por otra el de los que reivindican la importancia sobradamente demostrada de la Alianza Terapéutica y de los factores del cliente. Este segundo grupo ha sido tradicionalmente más próximo a asociaciones como SEPI y SPR, y ha estado compuesto por terapeutas de tradiciones mucho más humanistas, narrativas, dinámicas y constructivistas. La historia de los encuentros y desencuentros entre ambos se solapa con la de la propia psicoterapia, pero el hecho es que las directrices de la APA al respecto parecen esperanzadoras.

(b) El foco cada vez mayor en la integración teórica. La emergencia y consolidación del movimiento integrador en psicoterapia es un hecho. Los distintos factores que ya hemos comentado en otros trabajos han ido confluyendo en propuestas de integración que gozan hoy día a la vez de credibilidad académica y de interés y relevancia clínica.

(c) Los esfuerzos crecientes por integrar investigación y práctica. A pesar de las dificultades de muchos clínicos para incorporar a su práctica de forma sistemática los resultados de estudios de investigación en psicoterapia, ha habido esfuerzos recientes para aproximar ambas comunidades. Monográficos de revistas de investigación dedicados a cómo incrementar su relevancia para la práctica, artículos sobre investigación en revistas tradicionalmente más aplicadas, e incluso el último congreso internacional de SEPI hace sólo unos meses dedicado monográficamente a la integración de investigación y práctica clínica.

(d) El incremento de revisiones más integradoras y específicas. Concretamente, los trabajos de Norcross y de la Task Force on Evidence-Based Therapy Relationships representan un esfuerzo destacadísimo en esta línea y deberían ser una guía de lectura obligada para una práctica clínica realmente basada en la evidencia.

(e) La integración de los avances de la biología y las neurociencias. En los últimos años hemos sido testigos de cómo se aproximaban neurociencias y psicoterapia. Lo que hace sólo unas décadas era una relación más bien problemática debida a la asunción de lo que se llegó a denominar "fatalismo neuronal", ha dejado paso a la exploración de formas de fertilización mutuas inspiradas en planteamientos como la neurobiología interpersonal o el constructivismo neuronal. Algunos de nuestros trabajos han ido también en esa línea al plantear las posibles bases neurobiológicas de los abordajes narrativos.

(f) La integración de la diversidad y la multiculturalidad en psicoterapia. Afirmar que vivimos en un mundo plural es una obviedad desde hace muchas décadas (o más bien siglos). El acceso creciente de discursos y tradiciones diversas a todas las esferas de la vida social y, por supuesto, de la psicoterapia, también ha comportado la necesidad de reconsiderar algunos planteamientos excesivamente etnocéntricos de las psicoterapias más clásicas. Los trabajos sobre postmodernidad y psicoterapia han sido desde hace años precursores de esta necesidad.

En resumen, parece que al menos de momento las tendencias en nuestra disciplina y profesión encajan perfectamente con lo que como constructivistas e integradores venimos proponiendo desde hace ya años.


NOTA MENTAL: Veremos qué nos depara el futuro, pero en todo caso no dejaremos de contribuir a conformarlo.

El artículo íntegro de Charles J. Gelso aquí:

http://www.divisionofpsychotherapy.org/wp-content/uploads/2011/06/Gelso-2011.pdf